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Poner alas a la vida

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Indice del artículo
Poner alas a la vida
Volver a empezar
Hacer frente a la adversidad
Convertir en sencillos los retos de la vida
Dejando su huella propia
Todas las páginas
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A Matías Sainz Ocejo, gran luchador y eterno amigo.
Tomás Castillo Arenal

 

Algunas situaciones vividas quedan grabadas para siempre. De ellas solo unas pocas son un hito que sirve de guía, un recuerdo para consuelo, un lugar de recogimiento en nuestro interior. Quiero compartir contigo uno de esos momentos que, además de formar ya parte de mí propio ser, han impregnado mi vida dando más sentido a esta aventura de existir.

Con frecuencia me he considerado afortunado por tener la oportunidad  de conocer a muchas personas que afrontan las dificultades de la vida con tal entereza que me han servido de apoyo, de aliento. Siempre me he encontrado diminuto ante la grandeza de quienes son capaces de enfrentarse al mal trato que la vida da, alzando la cabeza, enfrentándose  a las adversidades, creciéndose ante los retos.

Quizá por eso me animo a contarte esta historia, abriendo mi corazón, en homenaje a mi amigo Matías, al que llevo siempre presente, conviviendo con mi existir, de esa forma tan cercana, abrigadora, que solo logramos cuando morimos. Me atrevo a esperar que, cuando leas este breve relato, su mensaje pasará a formar parte de tus pensamientos.

Matías fue seguramente un niño como cualquiera. De muchacho le gustaba disfrutar con esa intensidad que nos anima el sentirnos jóvenes. Con tan solo dieciocho años, una noche, después unas horas de diversión, sube con unos amigos al coche de vuelta a casa. La juerga sigue en el interior, pero mi amigo prefiere cerrar los ojos y descansar. Queda dormido. Minutos más tarde despierta sobresaltado por un enorme estruendo. No es una pesadilla, un mal sueño del que resulta fácil despertar. El coche se ha empotrado contra un árbol. Nadie sufre apenas daños, salvo Matías. El impacto recibido en su cuerpo relajado le produce una lesión medular cervical irreversible.

Todo cambia en un solo instante, como si de un mal sueño se tratase. La vida se presenta de otra manera, llena de dificultades. A partir de ahora las piernas no podrán soportar el peso del cuerpo. ¡Imposible caminar! Los brazos no lograrán cargar con casi nada. Las manos apenas conseguirán coger cosas. El propio cuerpo, sin obedecer casi a ninguna orden,  se convierte en una especie de cárcel, en la que uno se encuentra recluido.



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