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Reflexiones sobre la vida

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www.imagenes-gratis.netSeguro que te has preguntado alguna vez, amigo lector, qué extraordinario diseño existe para que un organismo como nuestro cuerpo, viva una media cercana a los ochenta años superando permanentes agresiones de bacterias, virus y todo tipo de microorganismos que entran en nosotros a través de los alimentos, el aire o el contacto con la piel. Reflexionar sobre la naturaleza de este singular mecanismo que es la vida, probablemente el mejor invento del Universo, nos ayudará seguramente a afrontar las dificultades de nuestra salud con mayor optimismo, disfrutando del presente. 

 Con frecuencia los grandes problemas de la humanidad se han resuelto con ideas que, una vez descubiertas, se han mostrado muy sencillas. Durante siglos hemos sufrido el fallecimiento de muchos niños por enfermedades que al llegar a ser adultos eran casi inocuas. Cuando Pasteur descubrió la existencia de una «memoria» en el sistema inmunológico, algo tan simple como la vacuna revolucionó la medicina y, sobre todo, aportó una hasta entonces impensable esperanza de vida al conjunto de la población.

La medicina ha producido increíbles avances en los últimos dos siglos. Por fortuna, existen grandes profesionales dedicados a prevenir, curar y cuidar de nuestra salud. La ciencia ha desarrollado numerosas técnicas eficaces para ayudar en la curación, pero ha hecho muy poco para que aprendamos a ayudarnos a nosotros mismos, entendiendo lo que ocurre realmente en nuestra vida, a vivirlo como algo natural. Nadie se ocupó de educarnos para afrontar la asignatura más difícil de nuestra vida: convivir con la enfermedad, vivir la enfermedad integrándola en nuestra existencia, durante la infancia, la juventud, en la madurez o en la ancianidad.

Quizá por ello percibimos la salud y la enfermedad con dos situaciones antagónicas. La metodología diagnóstica que hemos heredado nos ha llevado a determinar, simplificando quizá en exceso, lo que en uno u otro momento pasa en nuestro organismo, en nuestra mente: lo «normal» es que todo funcione adecuadamente y lo «patológico» es cuando algo va mal.

Sobre este esquema de normalidad y anormalidad patológica hemos construido toda una cultura interpretativa. Sin embargo, en nuestro organismo lo «normal» y lo «anormal» conviven permanentemente, lo «saludable» y lo «patológico» forman parte de nuestra existencia cotidiana, nuestro estado de salud en cada momento es el resultado de este debate permanente, del equilibrio que se logra cuando conviven diferentes elementos. La clave para entenderlo es darse cuenta de que existen diversos estados de salud, mas que estados de salud normales o anormales. Unos estados de salud facilitan más el disfrute, otros incluso lo dificultan, pero todos tienen algún grado de salud.

Siempre me he preguntado por qué una persona ha vivido felizmente hasta que se le diagnostica una enfermedad importante. Con frecuencia su vida se desmorona en el momento que recibe la noticia. El miedo y la inseguridad suelen anidar en su mente. ¿Qué ha cambiado? ¿No tenía también cáncer ayer, hace un mes, o incluso un año? ¿Por qué era feliz cuando ignoraba la situación y ahora la noticia ha ensombrecido su vida? El diagnóstico no ha hecho más que confirmar lo que deberíamos saber y asumir: el organismo genera permanentemente células anómalas. El fenómeno del cáncer existe en nuestro organismo de forma continua, y aun no sabemos por qué nuestro cuerpo produce estas células que pueden acabar incluso con nuestra existencia. El diagnóstico que recibimos en un momento no hace más que suponer o determinar cómo se está manifestando en nosotros. Pero la enfermedad ya estaba probablemente predispuesta, desde el mismo momento en que algunos de nuestros genes trasmitieron la información en las células al reproducirse. El ambiente y nuestros hábitos hacen el resto.

 

El problema no surge en el momento del diagnóstico, y, sin embargo, lo percibimos así. El diagnóstico es más bien una oportunidad, porque desde ese momento podemos hacer algo para evitar el avance de la enfermedad, o para manejar sus síntomas. Quizá nuestro error es que no somos conscientes de la fragilidad de la vida hasta que repentinamente debemos caer en la cuenta de la debilidad de nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro ser.

Y sin embargo, siempre me ha llamado extraordinariamente la atención la naturalidad con la que el ser humano convive con su enfermedad en la primera infancia, frente a la angustia de quienes le rodeamos. Existe, tenemos, una capacidad de conformidad básica con lo que la naturaleza nos ha dotado, lo que permite ser feliz en casi cualquier situación.

Probablemente tampoco hemos valorado lo suficiente el protagonismo que tiene la fuerza de la vida en nuestra existencia. Con una presencia tan continua como la luz, de la que hacemos un uso de forma tan permanente como inconsciente. La vida se abre camino, constantemente, con un empuje inusitado. Esa energía tiene un poder que debemos canalizar, permitir que fluya con espontaneidad, sin asfixiarla con nuestros temores.

Nuestra naturaleza nos invita a convivir con la enfermedad, más que a padecerla; a no dejar que la enfermedad se sitúe en el centro de nuestra vida, sino que sea una circunstancia en nosotros, para no permitir que la enfermedad arruine nuestra vida. Por ello sugiero que debemos dejar de ser “pacientes”,  para actuar como “protagonistas” de nuestra existencia, realizar las mismas actividades que antes realizábamos si es posible, aunque tengamos que mantener los cuidados necesarios. Ser protagonistas de nuestra vida en cualquier circunstancia puede ser una de las claves para  aprender a convivir con la enfermedad con la naturalidad, incluso con optimismo.

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